Pasó la
lluvia y me quedé observando, en un vuelo de ensueño, los despojos de su paso
por esta vida. Del dintel cuelgan, en alargados y frágiles péndulos, lo que
parecen ser gotas, pero no lo son, son los despojos mortales de la lluvia. Son
sus huesos; y cada hueso guarda un pedazo de su alma. El alma de la lluvia se
multiplica de manera exponencial. Millones de pequeños huesos que cuelgan de
los dinteles, de los cables, de los árboles, de las hojas llevan en sí una
porción de alma. Transparente y llena de luz es el alma de la lluvia. Antes de elevarse, guarda por unos
instantes el recuerdo de la vida. Cada porción de alma guarda un pedazo de
cielo, un destello del arcoíris, el paso raudo de un pájaro, las miradas del
que observa y, quizás, la esencia de algún sueño fugitivo.
Cuando la lluvia suelta sus huesos para enterrarlos en la tierra, su alma se eleva, sus miles y miles de porciones de alma ascienden al cielo en un cortejo transparente y silencioso.
Cuando resuciten, serán otra vez lluvia, otra vez cadáveres, otra vez almas.
Cuando la lluvia suelta sus huesos para enterrarlos en la tierra, su alma se eleva, sus miles y miles de porciones de alma ascienden al cielo en un cortejo transparente y silencioso.
Cuando resuciten, serán otra vez lluvia, otra vez cadáveres, otra vez almas.
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