Soñaba que había muerto. Se vio en ataúd,
prolijamente vestido y bien peinado. No sabía quién lo había hecho ni en qué
circunstancias se dio su muerte. La sala velatoria estaba vacía, por lo que
supuso que nadie se había enterado de su deceso y así se cumplieron las 24
horas de rigor y nadie iba a retirarlo para darle sepultura. Finalmente se
elevó dejando su cuerpo, atravesó el túnel y llegó a las puertas del cielo que,
increíblemente estaban cerradas. De pronto, se acordó de aquellas palabras:
“Pide y se te dará, golpea y se te abrirá” y golpeó con insistencia hasta que
una voz le respondió:
-¡No hay nadie!
Despertó sobresaltado y se encontró sólo en la
cama. Sobre de la almohada, había una
nota de su mujer que decía: -Te dejo, he conocido el paraíso.
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