miércoles, 13 de diciembre de 2017

EL PAYASO SIN NOMBRE

 Después de tantísimos años sin que nadie supiera algo de él, cierto día volvió al pueblo. Ya prácticamente nadie lo reconocía y muchos ni siquiera habían sentido hablar de él. Vestido de payaso, harapiento y pintarrajeado, caminaba por las calles del pueblo tocando un tambor gigante con dos platillos que colgaba de su cuello y resoplando una corneta disfónica. De tales instrumentos salía una música que alborotaba a los niños que, dando brincos, acompañaban su derrotero. De sus enormes bolsillos brotaban palomitas de maíz que ellos recogían del piso y que se convertían en flores cuando las iban a comer. El no hablaba, sólo caminaba a paso estirado donde cada zapato hacía el 50 % de su tranco.
Cuando un niño vivaracho le preguntó: -¿cómo te llamas? él detuvo su marcha y mirando a todos les dijo: -ando buscando mi nombre que perdí en este pueblo hace muuuchos, muchos años. Toco el tambor y soplo la corneta llamando a mi nombre, tal vez él me reconozca. Por favor –dijo-, mientras lloraba a chorros que mojaba a todos, ayúdenme a encontrar mi nombre.
Los niños echaron a correr como si conocieran el lugar donde se encontraba y, corrían tan rápido, que levantaron vuelo y, en un abrir y cerrar de ojos, se convirtieron en barriletes poblando el cielo de la tarde. En las manos trémulas del payaso, una multitud de hilos se tensaba ante sus ojos.

La gente, indiferente, pasaba caminando a su lado.

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