Después de
tantísimos años sin que nadie supiera algo de él, cierto día volvió al pueblo.
Ya prácticamente nadie lo reconocía y muchos ni siquiera habían sentido hablar
de él. Vestido de payaso, harapiento y pintarrajeado, caminaba por las calles
del pueblo tocando un tambor gigante con dos platillos que colgaba de su cuello
y resoplando una corneta disfónica. De tales instrumentos salía una música que
alborotaba a los niños que, dando brincos, acompañaban su derrotero. De sus
enormes bolsillos brotaban palomitas de maíz que ellos recogían del piso y que
se convertían en flores cuando las iban a comer. El no hablaba, sólo caminaba a
paso estirado donde cada zapato hacía el 50 % de su tranco.
Cuando un
niño vivaracho le preguntó: -¿cómo te llamas? él detuvo su marcha y mirando a
todos les dijo: -ando buscando mi nombre que perdí en este pueblo hace muuuchos,
muchos años. Toco el tambor y soplo la corneta llamando a mi nombre, tal vez él
me reconozca. Por favor –dijo-, mientras lloraba a chorros que mojaba a todos,
ayúdenme a encontrar mi nombre.
Los niños
echaron a correr como si conocieran el lugar donde se encontraba y, corrían tan rápido, que
levantaron vuelo y, en un abrir y cerrar de ojos, se convirtieron en barriletes
poblando el cielo de la tarde. En las manos trémulas del payaso, una multitud
de hilos se tensaba ante sus ojos.
La gente,
indiferente, pasaba caminando a su lado.
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